El molinillo.

“La verdad” (Parte I): La pura verdad. La historia del molinillo.

Cuando era más joven de lo que ya soy -en mi tierna infancia- iba a clases de pintura. Allí no solo te enseñaban a pintar cuadros, sino también todo tipo de manualidades. A su vez, el lugar en donde se impartían las clases era un taller de reparaciones, por lo que estaba lleno de  esculturas, pinturas y objetos por todos lados.

Tenía una amiga, -a la que llamaremos P.-que era mi compañera de clase y de travesuras. Como éramos un poco perezosas, de vez en cuando nos escaqueábamos e íbamos a mirar qué había por allí. P. era muy hiperactiva y alocada; juntas traíamos de cabeza a los profesores del taller, porque nos daba por desaparecer, escondernos y dejar todo a medio hacer. También nos encantaba mezclar colores aleatoriamente para crear nuevos colores -aunque siempre conseguíamos una mezcla asquerosa.

En una ocasión, rebuscando por el taller, encontramos unos botecitos de pintura que decidimos mezclar en el primer recipiente que vimos. Desgraciadamente, aquel recipiente era el “cajoncito” de un viejo molinillo de café, cosa que ignorábamos. El interior de éste quedó manchado de una capa espesa de pintura escarlata; P. y yo volvimos a nuestros lugares y allí quedó.

El molinillo.

El molinillo.

Mi profesora, una chica joven de voz dulce, nunca se enfadaba y tenía la paciencia de un Santo. Pero cuando encontró el cajoncito del molinillo, entró en cólera, empezó a gritar y a preguntar por los culpables. Resulta que aquel molinillo era una pieza muy antigua que una señora había dejado allí para que los profesionales del lugar se encargaran de su restauración. P. y yo estábamos tan asustadas que no dijimos nada.

Intentamos limpiarlo sin éxito, sin que nadie se diese cuenta. P. y yo planeamos qué hacer; yo era devota de no decir nada y dejarlo pasar, ya que con el tiempo pensaba que se olvidaría el tema pero, para mi sorpresa, P. quería confesar la verdad. A mí esa idea me aterrorizaba, no me imaginaba qué pasaría si nos declarábamos culpables.

Los días pasaban y la conciencia nos pesaba como un saco de piedras. Finalmente P. y yo habíamos acordado contar la verdad, pero le dije que yo me encargaría. En medio de toda la clase, le dije a nuestra profesora que ya sabíamos lo que había pasado con el molinillo. Le iba a contar que podría haber sido un error de cualquiera, e iba a marear un poco la perdiz pero P. me interrumpió y, con todos los niños y niñas mirándonos fijamente, dijo:

– “Fuimos nosotras”

Después de un silencio que se me hizo eterno, comenzó el discurso enfadado de nuestra profesora, las miradas de decepción y el bochorno general. Mientras nos caía la bronca monumental, miré estupefacta a P. que mantenía la mirada clavada en el suelo. Cuando la tormenta cesó, le pregunté a P. por qué lo había dicho.

“Porque esa es la verdad. Prometimos decir la verdad, pero una verdad a medias es una mentira.”

Y la pura verdad es eso. Sin adornos, sin rodeos.

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Acerca de Andy

Estudiante de Derecho. Llevo con la voz un acento de sal.
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