Tempus fugit.

Somos muy devotos de engañarnos a nosotros mismos, además de ser hipócritas, puesto que decimos -con esa angustia vital que nos produce el paso del tiempo- que la vida está para vivirla a nuestra manera y que nada nos puede atar, pero luego nos encontramos atrapados en mil cosas, principios, moralidades, culpabilidades y compromisos. Nunca he entendido ese miedo irracional a ser libres, al fracaso, al riesgo y a la decepción; incumplir lo establecido se traduce en una irresponsabilidad, dicen.

Dicen, dicen y dicen, y al final no creemos en nada. Nos limitamos a seguir un camino que consideramos el correcto –es decir, el socialmente reconocido como correcto– y guardamos los deseos en un rincón del corazón. Aunque claro, hay que ser racionales; el equivocarse tiene sus consecuencias, y a veces el problema es que no sabemos qué es exactamente lo que queremos, lo que deseamos o lo que buscamos. He aquí el quid de la cuestión.

Somos egoístas y ambiciosos por naturaleza, lo queremos todo y de manera inmediata, sin darnos cuenta de lo que implica la convivencia: que existen más personas en el mundo. Estamos acostumbrados a ser muy compasivos con nosotros mismos, a no exigirnos demasiado o incluso en algunos casos, totalmente al revés. De todos modos, el resultado es el mismo: la frustración. Nunca fuimos capaces de conjugar el verbo aguantar, “yo me aguanto, tú te aguantas, él se aguanta…” 

Y claro, para más inri, nos hacemos un lio mental preguntándonos cómo funcionan realmente las cosas. Pero las cosas no son de ninguna manera, solo como queramos que sean. De todos modos, lo más importante es que somos incapaces de apreciar lo que realmente importa: el tiempo. Nadie es consciente que mientras se intenta comprender como funciona todo, estamos perdiendo el tiempo de vivir.

“Vivere militare est”

En algún momento somos soberbios, sentimos esa superioridad frente a los demás y nos justificamos sin argumentos; somos golosos, puesto que en muchas ocasiones queremos comernos el mundo, incluso basándonos en que el fin justifica los medios; somos ambiciosos ya que hay momentos en los que sentimos la necesidad de tener, tener, y tener a cualquier precio. Somos lujuriosos, porque deseamos demasiado y sin límite; a veces nos dejamos llevar por la pereza, cargándole nuestras obligaciones a los hombros de otro. Envidiamos vidas ajenas, y en muchas ocasiones, la ira nos consume.

No somos perfectos, somos seres imperfectos. Lo importante es el estar dispuesto a cambiar, no negar la realidad cubriendo el retrato de nuestra alma como Dorian Gray.

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Acerca de Andy

Estudiante de Derecho. Llevo con la voz un acento de sal.
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